Imaginen que se inscriben en un gimnasio con la promesa de obtener un cuerpo esculpido como el de un dios griego. Van todos los días, levantan pesas, sudan, sufren... pero cada vez que parece que logran algo, su progreso desaparece, como si una deidad burlona les ajustara el metabolismo para que siempre vuelvan al punto de partida. Felicidades, son Sísifo, el rey de Corinto, el héroe trágico del esfuerzo sin recompensa, el prototipo del trabajador moderno y, según Albert Camus, la encarnación misma del absurdo.
La versión griega del mito nos cuenta que Sísifo era un listillo de proporciones épicas. Engañó a la Muerte, burló a los dioses y se ganó un castigo tan original que podría haber sido diseñado por un jefe de recursos humanos particularmente sádico: empujar una roca cuesta arriba solo para verla rodar de vuelta al punto de partida. Y así, por toda la eternidad, sin aguinaldo ni seguro social.
Pero, claro, llega Albert Camus, ese filósofo existencialista con alma de guionista de tragedia moderna, y nos dice que Sísifo, en realidad, es feliz. ¿Feliz? ¡Pero si está condenado a un ciclo infinito de fútil esfuerzo! Exactamente. Ahí está la trampa: la vida, dice Camus, no tiene un significado trascendental, es un absurdo repetitivo como un lunes eterno. Y, sin embargo, podemos encontrar dicha en aceptarlo, en abrazar nuestro destino como Sísifo abraza su roca. Porque, si la vida es una broma sin remate, al menos podemos reírnos de ella.
En el fondo, todos somos Sísifo. El estudiante que repite una y otra vez el mismo examen de matemáticas. El oficinista que contesta los mismos correos todos los días. El conductor atrapado en el tráfico camino al trabajo. La tragedia no está en la roca; está en no darnos cuenta de que, ya que la vamos a empujar de todos modos, mejor hacerlo con estilo y, por qué no, con una sonrisa irónica.
Así que la próxima vez que sientan que la vida es un ciclo infinito de tareas sin sentido, recuerden: Sísifo también estaba allí. Y según Camus, cuando descendía por la ladera para recuperar su roca, lo hacía con la cabeza en alto. ¡Aprendamos de él y empujemos nuestra piedra con dignidad (y tal vez con un buen playlist)!
TDH
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