Imaginen que se inscriben en un gimnasio con la promesa de obtener un cuerpo esculpido como el de un dios griego. Van todos los días, levantan pesas, sudan, sufren... pero cada vez que parece que logran algo, su progreso desaparece, como si una deidad burlona les ajustara el metabolismo para que siempre vuelvan al punto de partida. Felicidades, son Sísifo, el rey de Corinto, el héroe trágico del esfuerzo sin recompensa, el prototipo del trabajador moderno y, según Albert Camus, la encarnación misma del absurdo. La versión griega del mito nos cuenta que Sísifo era un listillo de proporciones épicas. Engañó a la Muerte, burló a los dioses y se ganó un castigo tan original que podría haber sido diseñado por un jefe de recursos humanos particularmente sádico: empujar una roca cuesta arriba solo para verla rodar de vuelta al punto de partida. Y así, por toda la eternidad, sin aguinaldo ni seguro social. Pero, claro, llega Albert Camus, ese filósofo existencialista con alma de guionista d...